Se funda en 1905 como estanco y desde entonces hasta hoy, han pasado cuatro generaciones de la familia Salazar por esta tienda tradicional. Quintina fue la primera de ellas y actualmente, sus biznietas, Ana y Fernanda, atienden tras su mostrador. Al estanco se van integrando paulatinamente otros productos, propios de papelería y abandonando los del estanco, de modo que en 1929 nos encontramos ya con una papelería al uso, a la que se añade el trabajo de imprenta en los años 50.Desde el año 1935, con tan sólo 16 años, Elena Salazar Martín estuvo detrás del mostrador de una de las papelerías madrileñas más antiguas de Madrid, papelería e imprenta que lleva su nombre y de la que se sentía muy orgullosa. Es evidente que después de 70 años de “cara al público” conocía a la perfección este oficio, ejerciéndolo todavía a sus 85 años con total entrega y devoción.

Elena Salazar llevaba en la sangre esta profesión, empezando desde muy joven a ayudar a su madre en el negocio familiar, que, fundado por sus abuelos en 1906 como estanco, consistía por aquel entonces en una pequeña papelería, con únicamente 4 empleados, en la calle Luchana nº 7. Sus comienzos no fueron precisamente fáciles: su madre enviudó muy joven, necesitando sacar adelante a su familia, formada por su hermana soltera, su suegra y dos hijas pequeñas, siendo Elena la primogénita. En total 6 mujeres que debían hacer frente a esta difícil situación en una época complicada de nuestra historia. Desgraciadamente, este aprendizaje se vio truncado por el estallido de la Guerra Civil, que dejó a esta pequeña unidad familiar sin apenas recursos para vivir, ya que la situación les impedía seguir ejerciendo su profesión por la falta de género y de clientela, así como por la amenaza de colectivización.Al acabar la guerra, gracias a su trabajo y perseverancia, estas luchadoras consiguieron reabrir el maltrecho negocio, con todas las dificultades de la posguerra, agravadas por la Segunda Guerra Mundial. Fue en el año 1948 cuando Elena realmente tuvo que hacerse cargo del negocio, quedándose sola debido a la marcha de su madre y de su hermana a Sevilla, quedando como responsable de la papelería. Dos años después, en el año 1950, Elena se casó, y junto a su marido decidieron ampliar el negocio, adquiriendo el local contiguo, donde situaron el taller de imprenta del negocio, que todavía hoy sigue operativo.

Desde entonces, Elena había conseguido que la papelería-imprenta siguiese funcionando, creando empleo para una media de quince familias, que es el número de empleados que ha venido teniendo. Por supuesto no lo habría logrado ella sola. Durante todos estos años ha contado con la ayuda de su familia, primero estuvo a su lado su marido, con el que afianzó el negocio, y posteriormente ha tenido el imprescindible apoyo de sus dos hijas, que optaron por continuar la tradición familiar, convirtiéndose en la cuarta generación al frente de la papelería.

Conviene destacar que, en el año 1991, la Asociación de Empresarios de Papelería y Objetos de Escritorio de Madrid quiso reconocer el mérito de esta labor a lo largo del siglo de esta pequeña empresa, imponiéndole la Insignia de Oro por su dilatada trayectoria profesional. A sus 85 años, Elena ha seguido trabajando cada día en su papelería, a la cual, después de tanto tiempo, se sentía emocionalmente ligada, al haber dedicado la mayor parte de su vida a ella, y de la que por supuesto conservará una infinidad de recuerdos y anécdotas.Gracias a su dedicación ha sabido ser un emblema para todo el comercio madrileño y en especial para el barrio de Chamberí, que siempre la recordará con el cariño que ella supo trasmitir.

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